Sara

Aquella era una tarde de domingo
cualquiera en un edificio encalado de blanco. Sara canturreaba una canción que curiosamente portaba su nombre y que era radiada por una emisora local. Hacía años que no escuchaba aquella letra en cuya boca ponía un premonitorio fragmento: “Sara, dulce, cuéntame el secreto azul que se esconde en tus ojos tibios…”

Se sonrojó como un niño ladrón, y mientras se encendía un cigarrillo, miró lacónicamente al océano por la ventana.

¿Lo ves Sara? Lo has vuelto a hacer. ¿Cuándo aprenderás? Quizá nunca. – se dijo a sí misma.  

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